Puente de Vizcaya: el primero del mundo con barquilla y Patrimonio de la Humanidad

El Puente de Vizcaya —conocido por todos como el Puente Colgante— resolvió en 1893 un problema que parecía irresoluble: cruzar la ría del Nervión en su desembocadura sin cortar el paso de los barcos y sin obligar a los carros a subir una rampa imposible. La solución fue tan original que se copió en varias ciudades del mundo y que hoy está inscrita en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, desde 2006.

Puente de Vizcaya entre Portugalete y Getxo
El puente une Portugalete y Getxo desde 1893 y sigue transportando personas y vehículos en su barquilla. Foto: Zarateman · CC0 · Wikimedia Commons

La idea: un puente que no es un puente

El proyecto es de Alberto Palacio, ingeniero vizcaíno formado en la escuela de las grandes estructuras de hierro del siglo XIX. En lugar de un tablero fijo, Palacio diseñó una estructura elevada de la que pende, mediante cables, una barquilla que se desplaza de una orilla a otra transportando personas y vehículos.

La ventaja era doble: los barcos podían seguir entrando en la ría sin obstáculo, porque la plataforma va a decenas de metros de altura, y el paso era continuo y a nivel, sin cuestas. Fue el primer puente transbordador del mundo, y ese título es literal: los que vinieron después —en Inglaterra, en Francia, en Argentina— se hicieron mirando a este.

Los números

  • Vano de unos 160 metros entre las dos torres.
  • Altura de la viga superior por encima de los cuarenta metros sobre el nivel del agua.
  • Barquilla con capacidad para vehículos y pasajeros, con un trayecto de poco más de un minuto.
  • Servicio continuo durante todo el día, con frecuencias de pocos minutos.
  • Reconstruido tras los daños sufridos en la Guerra Civil, cuando la travesía quedó interrumpida.
Estructura de hierro del Puente de Vizcaya
La estructura de hierro sostiene la barquilla con cables: el puente no corta el paso de los barcos. Foto: Ebaki · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons

Qué se puede visitar

Hay dos experiencias distintas y conviene no confundirlas. La primera es cruzar en la barquilla, que cuesta muy poco y dura un minuto y medio: es transporte, lo usan a diario miles de personas y funciona como cualquier otra línea.

La segunda es subir a la pasarela superior, a más de cuarenta metros, y cruzar caminando por encima. Se accede en ascensor, tiene entrada de pago con audioguía y ofrece una vista completa del Abra, de Portugalete, de Getxo y del puerto exterior. Para quien tenga vértigo, conviene saber que la pasarela es amplia y cerrada, pero el suelo permite ver el agua abajo.

Cómo llegar

El puente une Portugalete con Las Arenas (Getxo), y las dos orillas tienen estación de metro a pocos minutos: Portugalete en la margen izquierda y Areeta en la derecha. Desde el centro de Bilbao son unos veinte minutos de metro, y es una de las excursiones más sencillas que se pueden hacer sin coche.

Un detalle útil: si se va a cruzar en barquilla y volver, merece la pena entrar por Portugalete, subir al casco viejo —que tiene una de las basílicas más bonitas de la costa— y volver por la pasarela superior. Así se ven las dos orillas y las dos alturas.

Basílica de Santa María de Portugalete
Portugalete conserva un casco viejo empinado con su basílica en lo alto, a cinco minutos del puente. Foto: CC BY-SA 3.0 · Wikimedia Commons

Por qué es Patrimonio Mundial

La Unesco no lo incluyó por ser bonito, sino por ser una aportación original de la ingeniería del hierro: la combinación de la tecnología de los cables de acero con la tradición constructiva del siglo XIX resolvió un problema de movilidad de forma nueva y replicable. Es, en ese sentido, un documento de la Revolución Industrial que sigue en funcionamiento.

Y ahí está su mayor mérito: más de ciento treinta años después, el puente no es un monumento visitable, es una infraestructura que la gente usa para ir a trabajar. Cuando alguien cruza con la bicicleta o con la compra, está usando exactamente lo que Palacio diseñó.

Cómo funciona un puente transbordador

La idea que hace especial a este puente es tan sencilla como ingeniosa. En lugar de salvar la ría con un tablero por el que se cruza —lo que obligaría a levantarlo o a construirlo a mucha altura para dejar pasar los barcos—, se construye una viga alta y fija y se cuelga de ella una plataforma que va y viene.

Esa plataforma, la barquilla, no toca el agua. Va suspendida de un carro que se desplaza por la parte superior, y sube y baja mercancías, coches y personas de una orilla a la otra sin interrumpir jamás la navegación. Es la solución perfecta para una ría por la que subían barcos con mástil hasta los astilleros del interior y en cuyas dos orillas vivía y trabajaba muchísima gente.

El movimiento es continuo y el viaje dura poco más de un minuto. Quien lo cruza por primera vez suele sorprenderse de lo poco espectacular que resulta desde dentro: se sube, se cruza y se baja, como en un ascensor horizontal. Lo espectacular se ve desde fuera y, sobre todo, desde arriba.

1893: por qué se construyó aquí

A finales del siglo XIX, las dos orillas de la ría en su desembocadura vivían realidades distintas y complementarias. En Portugalete había una villa marinera con siglos de historia; en la orilla de Getxo crecía Las Arenas, la zona de veraneo y residencia de la burguesía industrial bilbaína. Entre ambas, un tráfico constante de personas que hasta entonces se cruzaba en barca.

Un puente convencional era imposible sin cortar el paso a los barcos, y un puente elevado con rampas habría exigido expropiar media villa. La solución del transbordador resolvía las dos cosas a la vez, y por eso este puente fue el primero de su tipo en el mundo: aquí no se copió una idea, se inventó.

Su autor, Alberto de Palacio, había trabajado en obras de arquitectura del hierro y contó con la colaboración de un especialista francés en cables para resolver la parte más delicada del proyecto. El resultado es una estructura de hierro con la estética industrial de su tiempo, ligera de aspecto pese a sus dimensiones.

La guerra, la reconstrucción y la Unesco

El puente perdió su tablero superior durante la Guerra Civil, cuando fue volado en 1937 dentro de las operaciones de defensa de Bilbao. La barquilla siguió funcionando poco después con medios provisionales, y la estructura alta se reconstruyó en los años cuarenta manteniendo el diseño original.

En 2006 la Unesco lo declaró Patrimonio de la Humanidad, y el argumento de esa declaración es interesante: no se premió solo la belleza de la obra, sino su valor como aportación técnica —el primer puente transbordador construido— y como testimonio del uso del hierro en la ingeniería de la Revolución Industrial.

Cruzar por arriba: la pasarela

La visita que casi nadie olvida es la de la pasarela superior. Se sube en ascensor por una de las torres y se cruza la ría por el tablero, a unos cuarenta y cinco metros sobre el agua, en un recorrido de unos ciento sesenta metros.

Lo que se ve desde ahí ordena toda la ría: el puerto exterior y el mar abierto hacia un lado; hacia el otro, la curva del agua entrando hacia Bilbao, los antiguos muelles y las grúas. Debajo, la barquilla cruzando cada pocos minutos con su carga de coches.

Tres cosas prácticas conviene saber antes de subir. La pasarela puede cerrarse por viento, y en esta desembocadura el viento es cosa habitual; el suelo es de rejilla, así que quien tenga vértigo lo va a notar; y la visita se paga aparte del cruce en barquilla, que es un servicio de transporte con su propia tarifa.

Las dos orillas, en una tarde

El puente se disfruta más si se aprovecha para conocer lo que une. En la orilla de Portugalete, el casco histórico sube en cuesta desde el muelle con calles estrechas, la basílica en lo alto y un paseo junto al agua que es de los mejores del entorno. En la de Getxo, Las Arenas ofrece lo contrario: avenidas amplias, palacetes de indianos y de industriales, y el paseo que lleva hasta el puerto viejo de Algorta.

Cruzar en barquilla, subir a la pasarela y volver andando por el paseo de la otra orilla es un plan de media tarde que explica la historia industrial de Bilbao mejor que cualquier museo. Y si se hace al final del día, el sol se pone justo en el eje de la ría.

Otros puentes transbordadores del mundo

La idea nacida aquí se copió en varios países entre finales del siglo XIX y comienzos del XX: se construyeron alrededor de una veintena de puentes transbordadores en Europa, América y África, casi todos en rías industriales con el mismo problema de fondo. De aquella familia quedan muy pocos en servicio: la mayoría fue desmontada cuando los barcos de vela desaparecieron y un puente convencional o un túnel resolvieron el paso sin limitaciones de altura.

Que el primero de todos siga funcionando, y además como transporte real y no como pieza de museo, es lo que le da su valor excepcional. No es un monumento que recuerda una técnica: es la técnica todavía en uso.

Cuándo ir

Cualquier día sirve para cruzar en barquilla, porque el servicio es continuo y apenas se ve afectado por el tiempo. Para la pasarela, en cambio, conviene elegir: un día claro y sin viento fuerte, preferiblemente fuera de las horas centrales del verano, cuando la afluencia es mayor. Y si se busca la mejor luz para fotografiar la estructura, la primera hora de la mañana deja el hierro iluminado de frente desde la orilla de Portugalete.

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