En un pinar de Kortezubi, dentro de la reserva de la biosfera de Urdaibai, el pintor Agustín Ibarrola hizo algo que no se le había ocurrido a nadie: usar los troncos como soporte de una pintura que solo se ve completa desde un punto concreto del camino. El resultado es el Bosque de Oma, una obra de arte que se recorre andando y que obliga a moverse para entenderla.

Cómo funciona la obra
Ibarrola empezó a pintar en los años ochenta, aprovechando la disposición natural de los pinos. Cada figura —ojos, siluetas humanas, animales, manos— está repartida entre varios troncos, de modo que las partes solo encajan cuando el espectador se coloca en el lugar previsto. Un paso a la izquierda y la imagen se rompe en fragmentos sin sentido.
Ese juego tiene un parentesco evidente con la pintura prehistórica, y no es casual: a pocos kilómetros está la cueva de Santimamiñe, con arte parietal, y el propio Ibarrola habló siempre de esa conexión. La idea de pintar sobre lo que ya existe, aprovechando su forma, es la misma que en una pared de cueva.
Qué le pasó al bosque original
Aquí está el capítulo que muchos visitantes desconocen. Los pinos pintados enfermaron: la banda marrón, un hongo que afecta a esta especie, se extendió por la zona y obligó a talar. Un bosque enfermo no se puede conservar como museo, y la obra corría el riesgo de desaparecer con los árboles.
La solución fue trasladar el proyecto: reproducir la obra en un nuevo emplazamiento con árboles sanos, respetando el planteamiento original de figuras repartidas entre troncos y puntos de visión. Es una decisión discutible desde el purismo —la obra ya no está en los árboles que el artista pintó— y razonable desde la conservación: sin traslado, no habría nada que ver.

Cómo visitarlo
- El acceso es a pie, por un camino señalizado. No es una ruta exigente, pero conviene calzado cerrado y contar con barro si ha llovido.
- Hay puntos marcados desde los que cada figura se ve completa: son parte de la obra y merece la pena buscarlos en lugar de mirar los troncos al azar.
- Conviene consultar el estado del recorrido antes de ir: la gestión del entorno cambia y ha habido periodos de acceso restringido por obras y por seguridad.
- Se combina bien con Santimamiñe, con la ría de Gernika y con la propia villa de Gernika, todo a pocos kilómetros.
- Con niños funciona muy bien: buscar las figuras convierte el paseo en un juego.
Qué hay alrededor
Urdaibai es una de las zonas más ricas de la costa vasca: la reserva de la biosfera con sus marismas y su avifauna, la cueva de Santimamiñe con pinturas paleolíticas y visita guiada, Gernika con la Casa de Juntas y el árbol, y las playas de Laida y Laga en la desembocadura. Es un territorio pequeño con capas muy distintas: prehistoria, historia política, naturaleza y arte contemporáneo en el mismo radio de veinte kilómetros.

Una obra sobre el tiempo
Lo que queda del Bosque de Oma, más allá de la anécdota del traslado, es una idea sencilla y potente: el arte puede necesitar que el espectador se mueva. Frente a un cuadro se está quieto; aquí hay que caminar, buscar el ángulo, perder la figura y recuperarla. Eso convierte la visita en una experiencia física y explica por qué la obra ha calado tanto en un país con mucha tradición de arte al aire libre.
Y hay una segunda lectura, inevitable después de lo ocurrido con los pinos: una obra hecha sobre seres vivos envejece y muere con ellos. El traslado no es solo una operación técnica; es la constatación de que este tipo de arte tiene fecha de caducidad biológica.
Qué tiene de particular esta obra
Lo que hace único al Bosque de Oma no es que haya pintura sobre los troncos: es cómo está pintada. Cada figura no está en un árbol, sino repartida entre varios, y solo se completa cuando el visitante se coloca en un punto concreto del camino. Desde ahí, los trozos de color de cinco o seis pinos distintos se alinean y aparece la figura entera; dos pasos a un lado y vuelve a deshacerse en manchas sin sentido.
Es decir: la obra incluye al que mira. No hay un cuadro colgado en el bosque, hay un juego entre la pintura, la distancia y la posición del cuerpo. Esa idea, que en los años ochenta era muy poco frecuente, convirtió el pinar en una de las obras de arte al aire libre más conocidas del norte de España.
Agustín Ibarrola trabajó en el pinar a lo largo de varios años, con la intención de que el paseo funcionara como una secuencia: primero las figuras humanas, después los ojos, los animales, el arcoíris. El orden importa, y por eso conviene recorrerlo despacio y en el sentido señalizado.
La enfermedad de los pinos y el traslado
La parte difícil de esta historia es que el soporte de la obra estaba vivo. Los pinos de Oma, como buena parte de las masas de pino insigne del norte peninsular, se vieron afectados por enfermedades foliares que debilitan el arbolado y acaban obligando a talar para evitar que se propaguen.
Ese fue el problema de fondo: no se podía conservar la obra sin conservar los árboles, y los árboles no se podían conservar. La solución que se acordó fue trasladar la obra: reproducir las figuras en un pinar sano próximo, respetando la lógica de perspectivas del original, y abrir de nuevo el recorrido al público.
Es una decisión que da para debate, y que plantea una pregunta genuina sobre qué es la obra: ¿los árboles concretos que Ibarrola pintó, o el juego de miradas que ideó? Quien visita el bosque hoy visita la segunda respuesta. Conviene saberlo antes de ir, porque cambia lo que se espera encontrar.
Antes de organizar la excursión merece la pena confirmar el estado del acceso: el entorno ha cambiado en los últimos años y las condiciones de visita se han ido ajustando.
Cómo aprovechar el paseo
- Ir con tiempo. El recorrido no es largo, pero se disfruta parándose en cada punto de vista. Con prisa, la mitad de las figuras no se ven.
- Buscar las marcas del suelo. Los puntos desde los que cada composición se alinea están señalizados; son la clave de todo.
- Mirar hacia atrás. Algunas figuras se ven al revés del sentido de la marcha, y el que va mirando solo hacia delante se las pierde.
- Elegir día nublado. Parece contradictorio, pero la luz difusa iguala el color de los troncos y las figuras se leen mejor que a pleno sol, cuando el contraste entre sombra y luz rompe las líneas.
- Calzado cerrado. Es un pinar: hay tierra, raíces y barro después de la lluvia.
Urdaibai alrededor
El bosque está en el corazón de la reserva de la biosfera de Urdaibai, y ese contexto multiplica el valor de la visita. A pocos minutos quedan las cuevas de Santimamiñe, con arte parietal prehistórico y visita guiada; el mirador sobre la ría de Gernika; y el propio pueblo de Gernika con su casa de juntas y el roble.
Hay una simetría curiosa en juntar Santimamiñe y Oma en el mismo día: en un caso, figuras pintadas en una pared de roca hace miles de años; en el otro, figuras pintadas sobre árboles en los años ochenta. Las dos obras hacen lo mismo —aprovechar una superficie natural para representar— con doce mil años de diferencia.
Para completar la jornada, la costa está cerca: la ría desembocando en Mundaka, la playa de Laida y el paseo por Elantxobe quedan a un trayecto corto en coche. Es una de esas zonas donde en veinte kilómetros caben un bosque pintado, una cueva prehistórica, un estuario protegido y varios pueblos marineros.
Ibarrola y el arte fuera del museo
Para entender Oma ayuda saber de dónde venía su autor. Agustín Ibarrola trabajó buena parte de su vida en pintura y escultura al aire libre, con una idea insistente: que la obra debía estar donde está la gente y no encerrada en una sala. De ahí sus intervenciones sobre piedras, troncos y espacios públicos, y de ahí también que Oma no sea un cuadro trasladado al campo, sino una obra pensada desde el principio para un bosque concreto.
Esa manera de trabajar tiene una consecuencia incómoda que Oma ha hecho evidente: una obra hecha con materia viva es una obra con fecha de caducidad. Un lienzo se restaura; un pinar enferma. Cuando el soporte es un ser vivo, conservar significa, antes o después, decidir qué se hace cuando ese soporte muere.
Cómo llegar
El bosque queda en el término de Kortezubi, en pleno Urdaibai, a un cuarto de hora en coche de Gernika y a poco más de media hora de la costa de Mundaka. La carretera de acceso es estrecha y el aparcamiento, limitado: en fines de semana de buen tiempo conviene llegar temprano o combinar la visita con las cuevas de Santimamiñe, que están a un paso y comparten zona de estacionamiento.
El acceso al recorrido está señalizado y se hace andando desde el aparcamiento. Como las condiciones de visita han cambiado en los últimos años, lo más práctico es comprobar los horarios y el punto de entrada el mismo día, sobre todo si el viaje es largo.