El flysch de Zumaia: sesenta millones de años leídos en un acantilado

Hay pocos sitios en el mundo donde el tiempo se pueda leer como en un libro abierto, y la costa entre Deba, Zumaia y Mutriku es uno de ellos. Lo que allí se ve son capas de roca dispuestas como las páginas de un volumen inclinado: el flysch, una secuencia de estratos que registra decenas de millones de años de sedimentación marina.

Acantilados de flysch en la costa vasca
El flysch expone capas de roca inclinadas: cada estrato es un episodio de sedimentación en el fondo del mar. Foto: CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons

Qué es el flysch, sin tecnicismos

Un flysch se forma cuando en el fondo marino se van depositando, durante millones de años, capas alternas de materiales distintos: unas más duras y otras más blandas. Al elevarse y plegarse el terreno, esas capas quedan expuestas de canto, y la erosión del mar hace el resto: se lleva las blandas y deja las duras sobresaliendo como cuchillas.

El resultado son los acantilados con aspecto de páginas y las plataformas escalonadas que se descubren con la marea baja. Cada centímetro de esa serie equivale a un tiempo determinado, y por eso los geólogos pueden fechar acontecimientos con una precisión sorprendente.

Dos referencias mundiales del tiempo geológico

Aquí está el dato que convierte a Zumaia en un lugar excepcional: en sus acantilados se han definido dos límites de referencia internacional del tiempo geológico —los llamados GSSP, los puntos que sirven de patrón mundial para marcar el comienzo de una época—, correspondientes a divisiones del Paleógeno.

Además, en esta costa se puede localizar el límite entre el Cretácico y el Paleógeno, la frontera asociada a la extinción de los dinosaurios. Es una franja fina y discreta, nada espectacular a la vista, y precisamente por eso impresiona: ahí cabe una de las mayores crisis biológicas de la historia de la Tierra.

Flysch en la playa de Itzurun de Zumaia
En Itzurun, las capas llegan hasta la propia playa: es el acceso más sencillo al flysch. Foto: Kent Wang · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons

Cómo verlo: tres formas

  • A pie por la playa de Itzurun, en Zumaia. Es la opción más fácil y no requiere nada especial: las capas llegan hasta la arena. Conviene ir con marea baja.
  • La ruta del flysch, entre Zumaia y Deba, por el sendero de la costa: unas horas de caminata con vistas continuas y varios miradores.
  • En barco, desde Zumaia o Mutriku, que es la única manera de ver la escala completa de los acantilados desde el mar. Las salidas dependen del estado de la mar y de la temporada.

Consejos prácticos

Tres avisos que cambian la visita. El primero: consultar la tabla de mareas. Con marea alta, la plataforma queda cubierta y se pierde la mitad del espectáculo. El segundo: calzado con suela agarrada, porque la roca mojada y las algas resbalan mucho. Y el tercero: no golpear ni recoger fósiles; es un espacio protegido y forma parte de un geoparque reconocido por la Unesco.

La zona está señalizada y hay centros de interpretación que explican la secuencia con paneles y visitas guiadas. Para quien quiera entender lo que ve, una guiada de dos horas rinde mucho más que tres horas de paseo sin contexto.

Puerto de Mutriku en la costa vasca
Mutriku cierra el geoparque por el este: su puerto histórico es otro buen punto de partida. Foto: Ido-ido (Tagzania user ID: 10920) · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons

Qué más hay en el geoparque

El territorio incluye tres municipios y bastante más que roca: el puerto histórico de Mutriku, la ermita de San Telmo sobre los acantilados de Zumaia —la que aparece en anuncios y series—, el casco medieval de Deba y una red de senderos que conecta las tres localidades. La combinación de geología, paisaje y pueblos costeros es lo que ha hecho del flysch un destino de fin de semana y no solo una curiosidad científica.

Conviene, eso sí, ir con la expectativa correcta: esto no es un parque temático. Es una costa abierta, con viento, mareas y caminos de tierra, donde lo que se ofrece es tiempo geológico a la vista. Quien lo entiende así se lleva una de las mejores visitas del norte de España.

Qué es exactamente un flysch

La palabra suena a término técnico y describe algo muy visual: una sucesión de capas duras y blandas alternadas, depositadas en el fondo del mar una encima de otra durante millones de años y levantadas después hasta quedar casi verticales.

El mecanismo es este. En el fondo marino se acumula lentamente sedimento fino; de vez en cuando, un derrumbe submarino o una corriente cargada de material deposita de golpe una capa de grano más grueso. Esa alternancia —lento, rápido, lento, rápido— produce el rayado característico. Después, el empuje de la formación de los Pirineos plegó y levantó todo el paquete, y la erosión del mar lo cortó en vertical como si fuera un libro abierto por el canto.

El resultado es que en la costa entre Deba, Zumaia y Mutriku se puede caminar sobre el tiempo: cada metro que se avanza a lo largo de la plataforma rocosa equivale a miles de años de sedimentación, y las capas se leen en orden.

La capa que cuenta una extinción

Entre todas esas líneas hay una especialmente famosa: la que marca el límite entre el Cretácico y el Paleógeno, es decir, el momento en que desaparecieron los dinosaurios y con ellos buena parte de la vida del planeta. En el registro aparece como una capa oscura y fina, distinta de las de arriba y de abajo.

Lo que la hace valiosa no es su aspecto, sino su continuidad: en esta costa la serie está tan completa y tan bien conservada que los geólogos la usan como referencia internacional para definir divisiones de la escala del tiempo geológico. Hay pocos sitios en el mundo donde ese registro sea tan legible, y esa es la razón de fondo por la que el conjunto está protegido como geoparque.

Dicho de otra manera: no es un paisaje bonito que además es interesante, es un archivo científico de primer orden que además es espectacular.

Itzurun, la ermita y el cine

El punto de acceso más cómodo es la playa de Itzurun, en Zumaia, encajada entre dos paredes de flysch y a pocos minutos del centro del pueblo. Sobre ella, en el alto, está la ermita de San Telmo, una construcción pequeña y sobria en un emplazamiento difícil de mejorar: desde su campa se ve la costa recortada en las dos direcciones.

Ese paisaje se hizo mundialmente conocido cuando la playa se usó como localización en una serie de televisión de gran audiencia, y desde entonces el número de visitantes ha crecido mucho. Se nota sobre todo en verano y en los fines de semana de buen tiempo, cuando el aparcamiento se llena a media mañana.

Cómo verlo bien: la marea manda

Aquí está el consejo más importante de todo el artículo. La plataforma rocosa donde se ven las capas solo queda al descubierto con la marea baja. Con marea alta, el agua cubre la parte que hay que pisar y la visita se reduce a mirar el acantilado desde arriba.

  • Consultar la tabla de mareas antes de decidir la hora. Lo ideal es llegar una hora o dos antes de la marea baja y aprovechar la bajada.
  • Calzado con suela agarrada. La roca húmeda y las algas resbalan mucho más de lo que parece.
  • No confiarse con el agua a la espalda. La marea sube deprisa y hay tramos donde el regreso se complica.
  • No golpear ni recoger fragmentos de roca. Está protegido, y además lo que hace valioso al sitio es precisamente que la serie esté intacta.

Tres maneras de recorrerlo

La primera es a pie por la plataforma con marea baja, la más didáctica: se ven las capas de canto, se toca la roca y se entiende la escala. La segunda es en barco, con salidas desde los puertos de la zona, que ofrece la visión del conjunto del acantilado, imposible de apreciar desde el nivel del suelo. Y la tercera es por arriba, siguiendo los senderos costeros que unen Deba, Zumaia y Mutriku entre prados y caseríos, con el mar siempre a un lado.

Las tres son compatibles y cuentan cosas distintas. Si solo hay tiempo para una y hace buen día, la de la plataforma con marea baja es la que deja recuerdo. Y en cualquiera de ellas conviene contar con que la costa vasca cambia de tiempo en una hora: en la misma mochila caben el agua y el chubasquero.

El geoparque como forma de proteger

La figura de geoparque no es solo una etiqueta: implica que la conservación del terreno va unida a un programa de divulgación y de visitas ordenadas, con guías, itinerarios señalizados y actividades. Es un modelo interesante porque asume que la mejor manera de proteger un patrimonio de este tipo no es cerrarlo, sino explicarlo: quien entiende lo que está pisando no arranca un trozo para llevárselo.

Por eso, si la visita se hace con niños o con curiosidad de verdad, una salida guiada rinde mucho más que ir por libre. Lo que a simple vista es una playa con rocas raras se convierte, con alguien que sepa leerlo, en sesenta millones de años contados en orden.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.