Museo de Bellas Artes de Bilbao: la colección que el Guggenheim dejó en segundo plano

Hay un efecto colateral de tener un museo mundialmente famoso en la ciudad: el resto queda en penumbra. En Bilbao ocurre de forma casi literal, porque a pocos minutos a pie del Guggenheim está el Museo de Bellas Artes, con una colección muy superior en número de obras, varios siglos de pintura y una fracción de la cola.

Edificio del Museo de Bellas Artes de Bilbao
El museo reúne el edificio original y una ampliación posterior, en el borde del parque de Doña Casilda. Foto: Fred Romero · CC BY 2.0 · Wikimedia Commons

Qué es y qué no es

Conviene situarlo antes de entrar. El Museo de Bellas Artes de Bilbao es un museo de colección, no un museo de exposiciones temporales, y esa diferencia lo cambia todo: lo que se va a ver está allí de forma permanente y no depende de qué muestra esté programada.

Su fondo se organiza en tres grandes bloques que funcionan casi como tres museos consecutivos:

  • Arte antiguo, con pintura desde la Edad Media y el Renacimiento, escuela española, flamenca e italiana.
  • Arte vasco, que es la parte más singular del conjunto y la que no se ve en ningún otro sitio con esta profundidad.
  • Arte contemporáneo, con obra del siglo XX en adelante.

Ese bloque central es el argumento decisivo de la visita. Un museo cualquiera puede tener buena pintura antigua; muy pocos pueden contar la historia del arte de su propio territorio con esta continuidad.

El arte vasco, la razón para venir

Aquí es donde el museo se vuelve insustituible. La colección permite seguir la evolución de la pintura y la escultura del País Vasco a lo largo de más de un siglo: del paisajismo y el retrato del XIX a las vanguardias de comienzos del XX, y de ahí a la escultura de posguerra que dio a este territorio un nombre en el arte internacional.

Para quien llegue sin formación previa, es una manera muy eficaz de entender algo que se percibe en la calle pero no se explica: por qué en esta zona la escultura tiene tanta presencia pública, por qué el hierro aparece una y otra vez como material y de dónde viene la relación entre arte e industria que se nota en toda la ría.

Cómo organizar la visita

  1. Reservar entre hora y media y dos horas. Es un museo grande y se puede ver con calma en una mañana.
  2. Empezar por el arte vasco si el tiempo es limitado: es lo más específico y lo que no se encuentra en otro sitio.
  3. Comprobar el día y el horario de acceso gratuito, que muchos museos municipales y forales mantienen y que aquí conviene consultar antes de ir.
  4. Combinarlo con el parque de Doña Casilda, que está justo al lado y es el mejor sitio de la zona para sentarse después.
  5. Guardar el Guggenheim para otro día si es posible: los dos museos en la misma jornada son demasiada información.
Farola y arbolado del parque de Doña Casilda, junto al museo
El museo se asoma al parque de Doña Casilda: la entrada principal da al parque y no a la avenida por la que llega casi todo el mundo. Foto: Basotxerri · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons

El edificio, que también cuenta

El museo no está en un edificio único sino en la suma de dos: una construcción con aire clásico y una ampliación posterior de líneas contemporáneas, unidas en un mismo recorrido. Esa yuxtaposición produce un efecto curioso al visitarlo: se pasa de salas con proporciones de museo tradicional a espacios diáfanos sin salir del mismo edificio.

Está además en un sitio muy agradable, en el borde del parque de Doña Casilda Iturrizar, el gran parque decimonónico de la ciudad, con estanque, glorieta y arbolado maduro. Esa combinación —museo grande, parque al lado, centro a diez minutos— es lo que hace la visita cómoda incluso con niños.

Cómo llegar

Está en pleno ensanche, entre el parque y la zona de Abandoibarra, así que se llega andando desde casi cualquier punto del centro. En transporte público, el metro deja a un paseo corto y el tranvía pasa por la orilla de la ría, a pocos minutos.

Y una nota práctica que ahorra vueltas: la entrada principal da al parque, no a la avenida por la que la mayoría de la gente llega, lo que despista a quien viene por primera vez.

Qué hay alrededor

  • El parque de Doña Casilda, con su estanque y sus paseos, justo en la puerta.
  • El Guggenheim, a menos de diez minutos andando por Abandoibarra.
  • El Palacio Euskalduna, en el mismo eje, sobre el suelo del antiguo astillero.
  • La ría y su paseo, que permite bajar hasta el puente colgante o subir al casco viejo.
  • La zona de Indautxu, con la oferta de bares y comercio del ensanche.

Por qué merece la visita

Hay una razón de fondo y no es el precio ni la cola. Un museo de colección permanente permite algo que una exposición temporal no: volver. Se puede entrar una hora, ver tres salas y salir, y repetir dentro de un año encontrando lo mismo en su sitio.

Y hay una razón local. Quien visita Bilbao suele salir con la idea de una ciudad que se reinventó con un edificio de titanio. El Museo de Bellas Artes cuenta la otra mitad de la historia: la de un territorio con una tradición artística propia, muy anterior a los años noventa, que llevaba un siglo comprando, encargando y conservando arte antes de que nadie hablara de efecto Guggenheim.

Cinco obras que conviene no pasar de largo

Sin entrar en un catálogo, hay cinco tipos de pieza que este museo tiene y que merecen una parada, porque explican qué clase de colección es:

  • La tabla medieval o renacentista, con su fondo dorado y su escala pequeña, que obliga a acercarse y cambia por completo el ritmo de la visita.
  • El retrato de corte, donde se aprecia cómo la pintura funcionaba como herramienta de poder antes de la fotografía.
  • El paisaje vasco del XIX, que es la puerta de entrada al bloque más singular del museo y el que explica cómo se veía este territorio antes de la industria.
  • La vanguardia de comienzos del XX, con artistas que trabajaron en París y volvieron con otro lenguaje.
  • La escultura de posguerra, que es la aportación vasca más reconocida internacionalmente y donde el hierro aparece como material y como idea.

Ese último bloque tiene una lectura añadida: la escultura pública que se ve por toda la ciudad y por la costa no salió de la nada, y aquí está su contexto.

Con niños, sin drama

Es un museo que funciona con público infantil mejor de lo que sugiere su temática, por tres razones prácticas. La primera, el tamaño: se puede hacer una visita corta de tres salas y salir sin sensación de haber desperdiciado la entrada. La segunda, el parque en la puerta, que resuelve el después. Y la tercera, el propio recorrido, que alterna salas pequeñas con espacios amplios.

La estrategia que mejor funciona es elegir un hilo —animales en los cuadros, retratos, esculturas que se pueden rodear— y recorrer solo eso. Un museo visto con un objetivo se recuerda; un museo visto entero, con prisa, no.

Cuándo ir

Tres consideraciones de calendario. Los días de lluvia son el mejor momento, y en esta ciudad eso significa que hay bastantes oportunidades. Las primeras horas son las más tranquilas, sobre todo en temporada alta. Y conviene comprobar el día de cierre semanal y los horarios especiales antes de ir, porque cambian según la temporada y son la causa habitual de un viaje en balde.

El museo dentro del mapa cultural de la ciudad

Bilbao concentra su oferta cultural en un eje muy corto que va del casco viejo a Abandoibarra, y el Museo de Bellas Artes ocupa una posición central en ese recorrido. Conviene verlo así, como parte de un conjunto, porque cambia la manera de organizar un fin de semana.

  • El casco viejo aporta la ciudad histórica, el mercado y los pintxos.
  • El ensanche aporta la arquitectura del siglo XIX y el comercio.
  • Abandoibarra aporta la ciudad nueva, con el museo de titanio, el palacio de congresos y el paseo de la ría.
  • El parque de Doña Casilda aporta el descanso, y el Museo de Bellas Artes está justo en su borde.

Con esa distribución, la jornada más eficiente es una mañana de casco viejo, comida en el ensanche y tarde de museos. Y hay un dato que ayuda a decidir: el Bellas Artes se puede ver en hora y media, mientras que el Guggenheim pide bastante más.

Una recomendación para segundas visitas

Quien ya conozca la ciudad y haya hecho el recorrido obvio tiene aquí una alternativa interesante: dedicar una visita entera al bloque de arte vasco, con calma, leyendo las fichas. Es la parte de la colección que menos se recorre y la que más contexto aporta sobre el territorio.

Y hay un efecto secundario agradable. Después de ese recorrido, el paseo por la ría se ve de otra manera: las esculturas públicas, los materiales y hasta la forma de los puentes dejan de ser decoración y empiezan a formar parte de una conversación que lleva un siglo abierta.

Preguntas que se repiten en la puerta

¿Se puede fotografiar? Depende de la sala y de la obra, y la norma general en museos de colección permanente es permitir la fotografía sin flash y sin trípode, con excepciones señalizadas. Conviene fijarse en los carteles y preguntar en el acceso.

¿Hay consigna? Los museos de este tamaño suelen disponer de guardarropa y de taquillas, y en algunos casos el acceso con mochila grande no está permitido. Es un detalle que ahorra una vuelta si se llega con equipaje de mano.

¿Merece la pena la audioguía? En el bloque de arte antiguo aporta bastante, porque el contexto no siempre es evidente. En el de arte vasco, las propias cartelas suelen ser suficientes y muy claras.

¿Se puede ver en menos de una hora? Se puede, eligiendo un bloque. Lo que no funciona es intentar los tres: se sale con la sensación de no haber visto nada.

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