La ría de Bilbao: de la mayor concentración industrial de España a un paseo urbano

Hay ciudades que crecen alrededor de una plaza y ciudades que crecen alrededor de un río. Bilbao creció alrededor de una ría, y esa diferencia explica casi todo: la forma alargada del área metropolitana, la razón de que los municipios estén encajados entre el agua y el monte, y el motivo de que la transformación urbana de las últimas décadas haya consistido, básicamente, en recuperar orillas.

Atardecer sobre la ría de Bilbao
La ría del Nervión atraviesa el área metropolitana de Bilbao y desembocaba en el Abra: fue vía de transporte antes de ser eje industrial. Foto: Andrea Pelayo Casado · CC BY 4.0 · Wikimedia Commons

Qué es exactamente una ría

Conviene aclararlo porque el nombre confunde. Una ría no es un río: es un valle fluvial invadido por el mar. El agua salada entra con la marea y se mezcla con la dulce que baja del interior, de modo que el nivel sube y baja dos veces al día y las corrientes cambian de sentido.

Esa condición es la que hizo posible todo lo demás. Un barco podía entrar desde el mar y llegar navegando hasta el centro de Bilbao, catorce kilómetros tierra adentro, sin necesidad de puerto exterior. Durante siglos, la ría fue literalmente la calle principal por la que circulaban las mercancías del interior peninsular hacia Europa.

El siglo del hierro

La segunda mitad del siglo XIX cambió la escala del asunto. La combinación de tres factores —mineral de hierro abundante en los montes de las inmediaciones, una vía de agua navegable y capital acumulado en el comercio— convirtió esta ría en una de las mayores concentraciones industriales del sur de Europa.

En sus orillas se instalaron altos hornos, astilleros, fábricas de cemento, talleres metalúrgicos y muelles de carga. Municipios que eran pequeños núcleos rurales —Barakaldo, Sestao, Erandio, Zorrotza— se llenaron de naves y de viviendas obreras en pocas décadas. La ría dejó de ser un paisaje y se convirtió en una infraestructura.

El precio fue alto. El agua quedó biológicamente muerta durante generaciones, el aire de los barrios industriales era famoso por su color y las orillas se volvieron inaccesibles: no se podía pasear junto a la ría porque la ría era una fábrica de catorce kilómetros.

La grúa Carola, junto a la ría de Bilbao
La grúa Carola, en la orilla de Barakaldo, es uno de los pocos testigos conservados de los astilleros y la siderurgia de la ría. Foto: Fred Romero · CC BY 2.0 · Wikimedia Commons

La crisis y el vacío

La reconversión industrial de los años ochenta desmontó ese aparato en muy poco tiempo. Los altos hornos se apagaron, los astilleros cerraron o se redujeron y decenas de hectáreas junto al agua quedaron vacías, contaminadas y en el centro de un área metropolitana de casi un millón de habitantes.

Ese vacío es el punto de partida de la transformación posterior. La decisión estratégica fue tratar el suelo industrial abandonado como suelo urbano de primera: descontaminarlo, urbanizarlo y devolver el borde del agua al uso público. Es un proceso largo, todavía en marcha, y es la razón de que hoy se pueda caminar por sitios que hace cuarenta años eran chatarra.

Qué se puede recorrer hoy

  1. El casco viejo y el Arenal. El origen de la villa, con los muelles antiguos donde atracaban las gabarras y el Teatro Arriaga marcando el límite del ensanche.
  2. Abandoibarra. El antiguo suelo portuario y de astillero convertido en el paseo más conocido de la ciudad, con el museo, el palacio de congresos y la pasarela blanca sobre el agua.
  3. Deusto y su canal. El canal abierto en su día para mejorar la navegación, y que ha terminado convirtiendo un antiguo istmo en la isla de Zorrotzaurre.
  4. Olabeaga y Zorrotza. La parte menos reformada, con muelles, grúas y almacenes, donde todavía se entiende cómo era la ría trabajando.
  5. Barakaldo, Sestao y Portugalete. La margen izquierda, con la grúa Carola, los nuevos paseos sobre suelo siderúrgico y el remate del Puente de Vizcaya.

El recorrido completo, de centro a mar, se puede hacer a pie en varias etapas o en bicicleta en una mañana, y tiene la ventaja de que el metro y el tren de cercanías van en paralelo casi todo el trayecto: se puede abandonar en cualquier punto.

Edificio de la isla de Zorrotzaurre, en la ría de Bilbao
Zorrotzaurre, antigua península industrial convertida en isla al abrirse el canal de Deusto, es la última gran operación urbana sobre la ría. Foto: Zarateman · CC0 · Wikimedia Commons

El agua: la parte menos visible de la recuperación

De todo lo hecho en la ría, lo más difícil no se ve desde el paseo. La recuperación de la calidad del agua ha exigido décadas de saneamiento: colectores a lo largo de las dos orillas, depuración y control de los vertidos industriales que antes iban directamente al cauce.

El indicador de que aquello ha funcionado no es un informe, son los peces y las aves. La reaparición de especies en tramos donde no había vida y la presencia habitual de aves pescadoras en pleno centro urbano son la prueba práctica de que un estuario puede recuperarse si se le deja de usar como desagüe.

Queda trabajo: los sedimentos del fondo guardan la memoria química del siglo industrial y hay tramos con limitaciones. Pero la dirección del cambio, medida en décadas, es inequívoca.

Cinco cosas que mirar mientras se pasea

  • Las marcas de marea en los muros de los muelles: la diferencia entre la línea seca y la mojada da la medida real del ciclo diario.
  • Los raíles empotrados en el pavimento de algunos paseos, restos del ferrocarril que servía a las fábricas.
  • Las gabarras y embarcaciones tradicionales conservadas, que enseñan cómo se movía la carga antes de las grúas.
  • Los nombres de las calles nuevas, que en muchos casos conservan el de la empresa o el astillero que ocupaba el solar.
  • La diferencia entre las dos orillas, que sigue siendo visible en la trama urbana y explica buena parte de la historia social del área.

Lo que la ría enseña

Bilbao se cita a menudo como ejemplo de transformación urbana, y el relato suele reducirse a un edificio. Caminando la ría entera se ve algo más complejo y más interesante: una operación de cuarenta años que ha consistido en descontaminar suelo, mover infraestructuras, sanear un estuario, abrir un canal, construir puentes y devolver a la ciudad un borde de agua que había perdido.

Es un proceso que sigue abierto, con solares aún sin edificar y con debates urbanísticos vivos. Y es, sobre todo, la mejor manera de entender esta área metropolitana: no como una ciudad con río, sino como una ciudad hecha por su ría, primero para trabajar y después para pasear.

Los puentes, uno a uno

Una forma distinta de leer la ría es contar sus puentes, porque cada uno pertenece a una época y responde a un problema. En el tramo urbano hay varios que conviene identificar.

  1. Los puentes del casco viejo, en el punto donde la villa se fundó: el paso natural, el más antiguo y el más estrecho de la ría navegable.
  2. Los puentes del ensanche, del siglo XIX y comienzos del XX, con estructura metálica en algunos casos, que unieron la villa medieval con la ciudad nueva de la orilla contraria.
  3. La pasarela peatonal de Abandoibarra, de tablero curvo y arco blanco, que se ha convertido en una de las imágenes más reproducidas de la ciudad.
  4. Los puentes de la desembocadura, incluido el transbordador de Portugalete a Getxo, que resolvió un problema muy concreto: cruzar sin cortar el paso de los barcos que subían a los astilleros.

Ese último caso es el más ilustrativo de todos. Un puente fijo bajo habría bloqueado la navegación; un puente alto habría exigido rampas kilométricas. La solución —una barquilla colgada de una estructura elevada que cruza de orilla a orilla— es la respuesta de la ingeniería del siglo XIX a un conflicto entre dos necesidades, y es la razón por la que ese puente es hoy Patrimonio Mundial.

Cómo recorrerla en bicicleta

Es probablemente la mejor manera de entender la ría de una sola vez. El recorrido tiene varias características que lo hacen accesible: es prácticamente llano en toda su longitud, discurre en buena parte por carril bici o por paseo peatonal ancho, y tiene salida por transporte público en muchos puntos.

Cuatro consejos prácticos para hacerlo:

  • Elegir una orilla para la ida y otra para la vuelta. Los paisajes urbanos de la margen derecha y la izquierda son muy distintos y la comparación es la mitad del interés.
  • Contar con el viento. El valle canaliza el viento del noroeste, de modo que la vuelta desde el mar suele ser más dura que la ida.
  • Reservar tiempo en Zorrotza y Olabeaga, que son los tramos donde queda más actividad portuaria visible.
  • Terminar en el puente colgante y volver en metro, que admite bicicletas en determinadas condiciones.

La ría en la cultura local

Para quien vive aquí, la ría no es un elemento del paisaje: es una referencia constante. Las expresiones cotidianas distinguen una margen de la otra con una carga social que cualquier vecino reconoce, los barrios se identifican por su relación con el agua y la propia identidad de la ciudad se explica en términos de lo que la ría fue y de lo que dejó de ser.

De ahí que las decisiones sobre sus orillas se discutan con intensidad. Cada solar que se urbaniza junto al agua reabre el mismo debate: qué se conserva de la memoria industrial, cuánta vivienda se construye, qué espacio queda para uso público y quién puede permitirse vivir allí. Es una conversación que lleva cuarenta años abierta y que no ha terminado.

Y hay una comprobación sencilla que resume el cambio: en el mismo lugar donde hace medio siglo un vecino no habría dejado que un niño se acercara al agua, hoy hay gente remando, pescando y corriendo por la orilla. Ese contraste, medido en una sola vida, es la mejor descripción de lo que ha pasado aquí.

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